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jueves, 24 de noviembre de 2016

UN CURSO EN MILAGROS. CAPÍTULO 15 .EL INSTANTE SANTO. Los dos usos del tiempo. Micael de Nebadon /Micael Sananda Esu - Espíritu de la Verdad, Santo Consolador. ¡Compartir!!!





Todo lo que es cambiante y sucede como una apariencia… es efímero y superficial. Tu vida no debe ser construida sobre lo que cambia y es transitorio porque esto está en medio de su propia disolución justo enfrente de tus ojos.

Construye tu existencia sobre el Ideal de la Fuente Padre/Madre; este es nuestro regreso a la forma en este tiempo… para dejarte absolutamente claro el camino a casa en tu propia unicidad personal con la Vida e Impulso Otorgado dentro de ti.

Micael de Nebadon.



CAPÍTULO 15
EL INSTANTE SANTO
Los dos usos del tiempo

¿Puedes imaginarte lo que sería no tener inquietudes, preocupaciones ni ansiedades de ninguna clase, sino simplemente gozar de perfecta calma y sosiego todo el tiempo? Ése es, no obstante, el propósito del tiempo: aprender justamente eso y nada más. El Maestro de Dios no puede sentirse satisfecho con Sus enseñanzas hasta que éstas no constituyan lo único que sabes. Su función docente no se consumará hasta que no seas un alumno tan dedicado que sólo aprendas de Él. Cuando eso haya ocurrido, ya no tendrás necesidad de un maestro, ni de tiempo en el que aprender.

La razón del aparente desaliento del que tal vez padezcas es tu creencia de que ello toma tiempo y de que los resultados de las enseñanzas del Espíritu Santo se encuentran en un futuro remoto. Sin embargo, no es así, pues el Espíritu Santo usa el tiempo a Su manera, y no está limitado por él. El tiempo es Su amigo a la hora de enseñar. No causa deterioro en Él como lo hace en ti. Todo el deterioro que el tiempo parece ocasionar se debe únicamente a tu identificación con el ego, que se vale del tiempo para reforzar su creencia en la destrucción. El ego, al igual que el Espíritu Santo, se vale del tiempo para convencerte de la inevitabilidad del objetivo y del final del aprendizaje. El objetivo del ego es la muerte, que es su propio fin. Mas el objetivo del Espíritu Santo es la vida, la cual no tiene fin.

El ego es un aliado del tiempo, pero no un amigo. Pues desconfía tanto de la muerte como de la vida, y lo que desea para ti, él no lo puede tolerar. El ego te quiere ver muerto, pero él no quiere morir. El resultado de esta extraña doctrina no puede ser otro, por lo tanto, que el de convencerte de que él te puede perseguir más allá de la tumba. Y al no estar dispuesto a que ni siquiera en la muerte encuentres paz, te ofrece inmortalidad en el infierno. Te habla del Cielo, pero te asegura que el Cielo no es para ti. Pues, ¿qué esperanzas pueden tener los culpables de ir al Cielo?

Creer en el infierno es ineludible para aquellos que se identifican con el ego. Sus pesadillas y sus miedos están asociados con él. El ego te enseña que el infierno está en el futuro, pues ahí es hacia donde todas sus enseñanzas apuntan. Su objetivo es el infierno. Pues aunque tiene por finalidad la muerte y la disolución, él mismo no cree en ello. El objetivo de muerte que ansía para ti, le deja insatisfecho. Nadie que siga sus enseñanzas puede estar libre del miedo a la muerte. Sin embargo, si se pensase en la muerte simplemente como el fin del dolor, ¿se le tendría miedo? Hemos visto antes esta extraña paradoja en el sistema de pensamiento del ego, pero nunca tan claramente como aquí. Pues el ego tiene que dar la impresión de que mantiene al miedo alejado de ti para conservar tu fidelidad. Pero tiene que generar miedo para protegerse a sí mismo. Una vez más, el ego intenta y lo logra con demasiada frecuencia, hacer ambas cosas, valiéndose de la disociación para mantener sus metas contradictorias unidas, de manera que parezcan estar en armonía. El ego enseña, por lo tanto, que la muerte es el final en lo que respecta a cualquier esperanza de alcanzar el Cielo. Sin embargo, puesto que tú y el ego no podéis estar separados, y puesto que él no puede concebir su propia muerte, te seguirá persiguiendo porque la culpabilidad es eterna. Tal es la versión que el ego tiene de la inmortalidad. Y eso es lo que su versión del tiempo apoya.

El ego enseña que el Cielo está aquí y ahora porque el futuro es el infierno. Hasta cuando ataca tan despiadadamente que trata de quitarle la vida al que cree que Su Voz es la única que existe, incluso a ése le habla del infierno. Pues le dice que el infierno está también aquí, y lo incita a que salte del infierno al olvido total. El único tiempo que el ego le permite contemplar a cualquiera con ecuanimidad es el pasado. Mas el único valor de éste es que no existe.

¡Cuán desolado y desesperante es el uso que el ego hace del tiempo! ¡Y cuán aterrador! Pues tras su fanática insistencia de que el pasado y el futuro son lo mismo se oculta una amenaza a la paz todavía más insidiosa. El ego no hace alarde de su amenaza final, pues quiere que sus devotos sigan creyendo que les puede ofrecer una escapatoria. Pero la creencia en la culpabilidad no puede sino conducir a la creencia en el infierno, y eso es lo que siempre hace. De la única manera en que el ego permite que se experimente el miedo al infierno es trayendo el infierno aquí, pero siempre como una muestra de lo que te espera en el futuro. Pues nadie que se considere merecedor del infierno puede creer que su castigo acabará convirtiéndose en paz.

El Espíritu Santo enseña, por lo tanto, que el infierno no existe. El infierno es únicamente lo que el ego ha hecho del presente. La creencia en el infierno es lo que te impide comprender el presente, pues tienes miedo de éste. El Espíritu Santo conduce al Cielo tan ineludiblemente como el ego conduce al infierno. Pues el Espíritu Santo, que sólo conoce el presente, se vale de éste para desvanecer el miedo con el que el ego quiere inutilizar el presente. Tal como el ego usa el tiempo, es imposible librarse del miedo. Pues el tiempo, de acuerdo con las enseñanzas del ego, no es sino un recurso de enseñanza para incrementar la culpabilidad hasta que ésta lo envuelva todo y exija eterna venganza.

El Espíritu Santo quiere desvanecer todo esto ahora, No es el presente lo que da miedo, sino el pasado y el futuro, mas éstos no existen. El miedo no tiene cabida en el presente cuando cada instante se alza nítido y separado del pasado, sin que la sombra de éste se extienda hasta el futuro. Cada instante es un nacimiento inmaculado y puro en el que el Hijo de Dios emerge del pasado al presente. Y el presente se extiende eternamente. Es tan bello, puro e inocente, que en él sólo hay felicidad. En el presente no se recuerda la obscuridad, y lo único que existe es la inmortalidad y la dicha.

Esta lección no requiere tiempo para aprenderse. Pues, ¿qué es el tiempo sin pasado ni futuro? El que te hayas descarriado tan completamente ha requerido tiempo, pero ser lo que eres no requiere tiempo en absoluto. Empieza a usar el tiempo tal como lo hace el Espíritu Santo: como un instrumento de enseñanza para alcanzar paz y felicidad. Elige este preciso instante, ahora mismo, y piensa en él como si fuese todo el tiempo que existe. En él nada del pasado te puede afectar, y es en él donde te encuentras completamente absuelto, complemente libre y sin condenación alguna. Desde este instante santo donde tu santidad nace de nuevo, seguirás adelante en el tiempo libre de todo temor y sin experimentar ninguna sensación de cambio con el paso del tiempo.

El tiempo es inconcebible sin cambios, mas la santidad no cambia. Aprende de este instante algo más que el simple hecho de que el infierno no existe. En este instante redentor reside el Cielo. Y el Cielo no cambiará, pues nacer al bendito presente es librarse de los cambios. Los cambios son ilusiones que enseñan a los que no se pueden ver a sí mismos libres de culpa. En el Cielo no se producen cambios porque Dios es inmutable. En el instante santo, en que te ves a ti mismo resplandeciendo con el fulgor de la libertad, recuerdas a Dios. Pues recordarle es recordar la libertad.

Si sientes la tentación de desanimarte pensando cuánto tiempo va a tomar poder cambiar de parecer radicalmente, pregúntate a ti mismo: "¿Es mucho un instante?" ¿No le ofrecerías al Espíritu Santo un intervalo de tiempo tan corto para tu propia salvación? Él no te pide nada más, pues no tiene necesidad de nada más. Requiere mucho más tiempo enseñarte a que estés dispuesto a darle a Él esto, que lo que Él tarda en valerse de ese ínfimo instante para ofrecerte el Cielo en su totalidad. A cambio de ese instante, Él está listo para darte el recuerdo de la eternidad.

Mas nunca le podrás dar al Espíritu Santo ese instante santo en favor de tu liberación, mientras no estés dispuesto a dárselo a tus hermanos en favor de la suya. Pues el instante de la santidad es un instante que se comparte, y no puede ser sólo para ti. Cuando te sientas tentado de atacar a un hermano, recuerda que su instante de liberación es el tuyo. Los milagros son los instantes de liberación que ofreces y que recibirás. Dan testimonio de que estás dispuesto a ser liberado y a ofrecerle el tiempo al Espíritu Santo a fin de que Él lo use para Sus propósitos.

¿Cuánto dura un instante? Dura tan poco para tu hermano como para ti. Practica conceder ese bendito instante de libertad a todos aquellos que están esclavizados por el tiempo, haciendo así que para ellos éste se convierta en su amigo. Mediante tu dación, el Espíritu Santo te da a ti el bendito instante que tú les das a tus hermanos. Al tú ofrecerlo, Él te lo ofrece a ti. No seas reacio a dar lo que quieres recibir de Él, pues al dar te unes a Él. En la cristalina pureza de la liberación que otorgas radica tu inmediata liberación de la culpabilidad. Si ofreces santidad no puedes sino ser santo.

¿Cuánto dura un instante? Dura el tiempo que sea necesario para re-establecer la perfecta cordura, la perfecta paz y el perfecto amor por todo el mundo, por Dios y por ti; el tiempo que sea necesario para recordar la inmortalidad y a tus creaciones inmortales que la comparten contigo; el tiempo que sea necesario para intercambiar el infierno por el Cielo. Dura el tiempo suficiente para que puedas transcender todo lo que el ego ha hecho y ascender hasta tu Padre.

El tiempo es tu amigo si lo pones a la disposición del Espíritu Santo. Él necesita muy poco para restituirte todo el poder de Dios. Aquel que transciende el tiempo por ti, entiende cuál es el propósito del tiempo. La santidad no radica en el tiempo, sino en la eternidad. Jamás hubo un solo instante en el que el Hijo de Dios pudiese haber perdido su pureza. Su estado inmutable está más allá del tiempo, pues su pureza permanece eternamente inalterable y más allá del alcance del ataque. En su santidad el tiempo se detiene, y deja de cambiar. Y así, deja de ser tiempo. Pues al estar atrapado en el único instante de la eterna santidad de la creación de Dios, se transforma en eternidad. Da el instante eterno, para que en ese radiante instante de perfecta liberación se pueda recordar la eternidad por ti. Ofrece el milagro del instante santo por medio del Espíritu Santo, y deja que sea Él Quien se encargue de dártelo a ti.


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Micael de Nebadon
Enseñanzas del Espíritu de la Verdad, Santo Consolador
                                                                                 
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